León, Guanajuato
“Entre el mar y el soñar hay una tercera cosa” es el flamenco de María Pagés. La compañía que lleva su nombre se presentó el 15 de octubre en el Teatro Manuel Doblado con el espectáculo “Canciones, antes de una guerra”.
“Déjame que te cuente mi niño”…Fuerza, elegancia y dinamismo inundaron el escenario entre el zapateado, las palmadas y el canto flamenco. Entre las piezas presentadas estuvo “Nanas de la cebolla” que María dedica a su hijo Pancho para que no olvide su infancia y con los sueños propios de esa etapa construya una sociedad más justa. Un escenario con telón negro al fondo que se doblaba de distintas formas, una banca de parque, lámparas redondas, proyecciones de dibujos infantiles y un mapamundi sirvieron de paleta para combinar el flamenco con blues, jazz, balada rock, produciendo así matices que cautivaron a un auditorio que agradeció de pie el trabajo.
Las bailaoras fueron María Pagés, María Morales, Sonia Fernández, Mar Jurado, Isabel Rodríguez y Anabel Veloso. Los bailaores, Emilio Herrera, José Barrios, José Antonio Jurado y Alberto Ruiz. Los músicos, Ana Ramón, Ismael de la Rosa, Susana Ruiz, José Carrillo y Francisco Alcaide.
Boquerones del alba fue la primer pieza, siguió presentación, blues dingue, tatuaje, guitarra dímelo tú, soléa de la cueva, publicidad, percusión luces, taranto para mujeres, soñar, nanas de la cebolla, alegría, when de saints marching in y para finalizar, imagine.
¿Pudo John Lennon imaginar que el flamenco llevaría su mensaje? ¿Pudo el flamenco imaginar su fusión con otras formas? María Pagés lo intenta porque “la vida misma que vivimos ahora está hecha de influencias, nosotros ahora ponemos la tele y nos enteramos de las noticias que están pasando en la otra parte del mundo, pues yo creo que el mundo vive ahora en conexión con todas las culturas, por eso es normal que haya esa influencia. Creo que el flamenco debe ser un arte que crece, un arte vivo, un arte actual, que exprese y refleje el momento que estamos viviendo. Si alguna música me gusta, me inspira y me remueve aquí dentro y me place bailarla pues la bailo a través del baile flamenco que es lo que yo sé hacer.”
El mundo podrá ser uno solo, pero las probabilidades de fundirnos, de encontrarnos, de mezclar parecen infinitas. El flamenco tiene nuevos horizontes y nosotros tuvimos la oportunidad de vislumbrarlos en los pies de María Pagés.
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lunes, 16 de octubre de 2006
jueves, 12 de octubre de 2006
INDIA, LA FUERZA FEMENINA
León, Guanajuato
“La vasija es el cuerpo humano y la lámpara encendida es el alma de Shakti. Para adorar a a la diosa las mujeres mantienen la vasija en la cabeza y bailan al ritmo del tambor.” Estas palabras de Kalpesh Dalal director de Aavishkar nos introdujeron a una India llena de colores y tradiciones, a Anart, donde la danza prevalece por siempre. El Teatro Manuel Doblado abrió su telón la noche del 12 de octubre y nos envolvió en lo místico, lo vivo y la fortaleza delicada de la India.
Krishna es el dios que encuentra su complemento femenino en Shakti, la energía, por eso en el baile Chari las cuatro bailarinas danzan con fuego en la cabeza. Recordemos que en la India la vida es religiosa, por lo tanto los bailes tradicionales, como los presentados que pertenecen a las regiones de Gujarats y Rajasthan, ejemplifican la energía divina. La compañía con nueve bailarines busca rescatar y mantener las costumbres, su simbolismo y sabiduría en medio de un mundo comercial, poco espiritual, escéptico de toda verdad distinta a la ciencia.
El baile que a mi parecer puede ser tomado como metáfora de esta lucha entre lo tradicional y lo moderno es Vinchhudo que significa escorpión. El baile narra la historia de niñas que caminan por el bosque en busca de su principal fuente de energía, una de ellas es picada por un escorpión y pide que llamen a un médico brujo. Él acude, canta mantras y la cura, todos se alegran, cantan y bailan. La niña puede ser la India que picada por la globalización busca fervientemente en grupos como Aavishkar la salvación de su cultura ancestral y de su mitología. Desde 1993 este grupo con soporte del gobierno investiga el arte autóctono y lo reproduce en escenarios nacionales e internacionales como testimonio de vida.
Proyecciones de festivales, de mapas, de edificios, gente, instrumentos, paisajes nos enseñaron a esa India mítica, cambiante, enérgica, bella. Las encargadas de mostrarnos la fortaleza femenina, su vitalidad, fueron las bailarinas Lajju Davawaia, Anal Patel, Dhara Vaghela y Purvi Patel. Ágiles y ligeros, complemento de lo femenino, los bailarines fueron Rahul Shah, Digvijay Padhiar, Harshit Patel, Vishal Patel.
Danzas que cuentan historias divinas, hombres y mujeres al servicio de la tradición, la India el país que nos compartió su riqueza cultural la noche de octubre que guarda como memoria el encuentro de dos mundos, la confusión de un hombre y la razón de que los mexicanos hayamos sido llamados indios. Curioso, parece coincidencia, pero desde un punto menos racional podríamos decir que fue un ciclo cumplido.
“La vasija es el cuerpo humano y la lámpara encendida es el alma de Shakti. Para adorar a a la diosa las mujeres mantienen la vasija en la cabeza y bailan al ritmo del tambor.” Estas palabras de Kalpesh Dalal director de Aavishkar nos introdujeron a una India llena de colores y tradiciones, a Anart, donde la danza prevalece por siempre. El Teatro Manuel Doblado abrió su telón la noche del 12 de octubre y nos envolvió en lo místico, lo vivo y la fortaleza delicada de la India.
Krishna es el dios que encuentra su complemento femenino en Shakti, la energía, por eso en el baile Chari las cuatro bailarinas danzan con fuego en la cabeza. Recordemos que en la India la vida es religiosa, por lo tanto los bailes tradicionales, como los presentados que pertenecen a las regiones de Gujarats y Rajasthan, ejemplifican la energía divina. La compañía con nueve bailarines busca rescatar y mantener las costumbres, su simbolismo y sabiduría en medio de un mundo comercial, poco espiritual, escéptico de toda verdad distinta a la ciencia.
El baile que a mi parecer puede ser tomado como metáfora de esta lucha entre lo tradicional y lo moderno es Vinchhudo que significa escorpión. El baile narra la historia de niñas que caminan por el bosque en busca de su principal fuente de energía, una de ellas es picada por un escorpión y pide que llamen a un médico brujo. Él acude, canta mantras y la cura, todos se alegran, cantan y bailan. La niña puede ser la India que picada por la globalización busca fervientemente en grupos como Aavishkar la salvación de su cultura ancestral y de su mitología. Desde 1993 este grupo con soporte del gobierno investiga el arte autóctono y lo reproduce en escenarios nacionales e internacionales como testimonio de vida.
Proyecciones de festivales, de mapas, de edificios, gente, instrumentos, paisajes nos enseñaron a esa India mítica, cambiante, enérgica, bella. Las encargadas de mostrarnos la fortaleza femenina, su vitalidad, fueron las bailarinas Lajju Davawaia, Anal Patel, Dhara Vaghela y Purvi Patel. Ágiles y ligeros, complemento de lo femenino, los bailarines fueron Rahul Shah, Digvijay Padhiar, Harshit Patel, Vishal Patel.
Danzas que cuentan historias divinas, hombres y mujeres al servicio de la tradición, la India el país que nos compartió su riqueza cultural la noche de octubre que guarda como memoria el encuentro de dos mundos, la confusión de un hombre y la razón de que los mexicanos hayamos sido llamados indios. Curioso, parece coincidencia, pero desde un punto menos racional podríamos decir que fue un ciclo cumplido.
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miércoles, 11 de octubre de 2006
NO MÁS TIEMPO
León, Guanajuato 11 octubre de 2006
“Ya no habrá más tiempo” declaró un ángel, un metrónomo fue detenido. Dieciséis bailarines, cuatro músicos, cuatro instrumentos, violín, clarinete, violonchelo y piano, nos recordaron la noche del viernes 7 en el Teatro María Grever, que lo único que une igualitariamente a todos los seres humanos es el cuerpo.
La obra “Un cuarteto para el fin del tiempo” del compositor francés Olivier Messiaen estrenada en enero de 1941 en un campo de concentración, vivió una relectura y una interpretación dancística por parte de los integrantes de El colegio del Cuerpo bajo la dirección artística de Álvaro Restrepo, surgiendo así “Cuarteto para el fin del cuerpo”.
El tiempo se nos acabó hace mucho, todos vivimos de prisa y ver en escena uniformes que recrean aquellos de los campos de concentración nos ponen a pensar en esas personas para quienes la único urgente era conseguir la siguiente bocanada de aire y vivir. El cuerpo era su única posesión. Hoy olvidamos lo corpóreo en lo virtual, en desórdenes alimenticios y tratamientos que lo único que buscan es eliminarlo, negar su tiempo, su ritmo, su estar. Cuerpos pesados, fuertes, ágiles, con intención, rítmicos y presentes mostraron la belleza de lo humano, la franqueza del cuerpo al expresarse y redimensionaron la responsabilidad del hombre en su propio devenir.
Fechas fluorescentes en las espaldas de los bailarines refrescaron nuestros antecedentes históricos, 1492, 1789, 1514, 11/9, 1968, 1936, 1945, nos demostraron lo cíclico de la vida, lo efímero del cuerpo. El símbolo de lo rítmico y rutinario del tiempo fue una capa con tela dorada y negra y un compás que los bailarines fueron pasándose después de cada vuelta al circuito cuadrado marcado en el escenario. Cada uno tenía un baile diferente, como cada época es distinta entre sí, pero la esencia que comparten es la misma, tiempo y cuerpos.
Aunque las coreografías tenían como pre-textos los títulos de los movimientos de la obra de Messiaen, era innegable que había otros referentes aparte del Apocalipsis de San Juan. Los dados nos llevaron a pensar en la frase de Einstein “Dios no juega a los dados”, así como no había nada azaroso en la danza, tampoco hay nada azaroso en el tiempo, los ciclos se cumplen. Otro imagen nos la dio el compás, nos transportó al cuadro de Willian Blake sobre Newton. Un hombre sentado sobre una roca traza un círculo con un compás. Nuevamente un cuerpo decide metódicamente el orden, el paso siguiente. Tanto Einstein, como Newton y Blake creían en un Dios que diseñó el mundo a través de principios racionales y que permite al hombre alcanzar sus propios objetivos, por ende cometer sus propios errores, como la violencia. En este paradigma, el cosmos es un gran reloj, representación hecha por los bailarines en círculo con uno al centro manejando el compás como manecillas y lo que simulaba arena cayendo sobre él.
Crecer a partir del conocimiento es la herramienta del hombre; su expresión más verdadera, el cuerpo; el mejor intérprete de éste, el artista. Re-enfoquemos el cuerpo, texturicemos la música y escribamos la danza. El disfrutar de entregas totales en un escenario como anoche es un ejercicio de placer e interpretación.
“Ya no habrá más tiempo” declaró un ángel, un metrónomo fue detenido. Dieciséis bailarines, cuatro músicos, cuatro instrumentos, violín, clarinete, violonchelo y piano, nos recordaron la noche del viernes 7 en el Teatro María Grever, que lo único que une igualitariamente a todos los seres humanos es el cuerpo.
La obra “Un cuarteto para el fin del tiempo” del compositor francés Olivier Messiaen estrenada en enero de 1941 en un campo de concentración, vivió una relectura y una interpretación dancística por parte de los integrantes de El colegio del Cuerpo bajo la dirección artística de Álvaro Restrepo, surgiendo así “Cuarteto para el fin del cuerpo”.
El tiempo se nos acabó hace mucho, todos vivimos de prisa y ver en escena uniformes que recrean aquellos de los campos de concentración nos ponen a pensar en esas personas para quienes la único urgente era conseguir la siguiente bocanada de aire y vivir. El cuerpo era su única posesión. Hoy olvidamos lo corpóreo en lo virtual, en desórdenes alimenticios y tratamientos que lo único que buscan es eliminarlo, negar su tiempo, su ritmo, su estar. Cuerpos pesados, fuertes, ágiles, con intención, rítmicos y presentes mostraron la belleza de lo humano, la franqueza del cuerpo al expresarse y redimensionaron la responsabilidad del hombre en su propio devenir.
Fechas fluorescentes en las espaldas de los bailarines refrescaron nuestros antecedentes históricos, 1492, 1789, 1514, 11/9, 1968, 1936, 1945, nos demostraron lo cíclico de la vida, lo efímero del cuerpo. El símbolo de lo rítmico y rutinario del tiempo fue una capa con tela dorada y negra y un compás que los bailarines fueron pasándose después de cada vuelta al circuito cuadrado marcado en el escenario. Cada uno tenía un baile diferente, como cada época es distinta entre sí, pero la esencia que comparten es la misma, tiempo y cuerpos.
Aunque las coreografías tenían como pre-textos los títulos de los movimientos de la obra de Messiaen, era innegable que había otros referentes aparte del Apocalipsis de San Juan. Los dados nos llevaron a pensar en la frase de Einstein “Dios no juega a los dados”, así como no había nada azaroso en la danza, tampoco hay nada azaroso en el tiempo, los ciclos se cumplen. Otro imagen nos la dio el compás, nos transportó al cuadro de Willian Blake sobre Newton. Un hombre sentado sobre una roca traza un círculo con un compás. Nuevamente un cuerpo decide metódicamente el orden, el paso siguiente. Tanto Einstein, como Newton y Blake creían en un Dios que diseñó el mundo a través de principios racionales y que permite al hombre alcanzar sus propios objetivos, por ende cometer sus propios errores, como la violencia. En este paradigma, el cosmos es un gran reloj, representación hecha por los bailarines en círculo con uno al centro manejando el compás como manecillas y lo que simulaba arena cayendo sobre él.
Crecer a partir del conocimiento es la herramienta del hombre; su expresión más verdadera, el cuerpo; el mejor intérprete de éste, el artista. Re-enfoquemos el cuerpo, texturicemos la música y escribamos la danza. El disfrutar de entregas totales en un escenario como anoche es un ejercicio de placer e interpretación.
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